Suena alguna canción triste -siempre son las más hermosas-, cruzo al otro lado de la calle después de mirar tres veces, todos mis alumnos son más guapos que los que había cuando yo también era alumna, me apetece comer entre horas y no lo hago, me aburre el fútbol y era el único deporte que veía, me quedan tres caramelos en el bolso, no sé fumar, me dan miedo los osos, mucho, me gustan las guitarras, el saxo y el violonchello, mucho, no veo la tele, no tengo tiempo de pintarme las uñas, desinstalé el messenger de mi ordenador, adoro las casas abandonadas y el olor de las ruidosas calles en mayo, las noches no son para dormir, los días son largos, los libros más, el reloj nunca marca la hora que quiero, sólo he visto nevar una vez o dos, la nieve me hace reír, mi hermano me hace reír, no he cambiado la foto de Yoda del móvil, me gusta así, me deprime si siempre voy vestida igual, pero el azul siempre en los ojos, la cereza siempre en la boca, me cuesta estar triste si salgo a la calle y el cielo sigue despejado y enorme, aún tengo bombones de Navidad, colecciono ropa interior que no uso, los gatos duermen tranquilos sobre el tejado caliente, guardo letras caducadas que seguro que no merece la pena que sean leídas, hace tiempo que no salto, anhelo esconderme en la mesa del fondo de cualquier bar contigo, y en el fondo de la pantalla tengo a Monty fumando, esperándome al borde de las escaleras, pensando eres tonta, pero estás preciosa, mientras ocurre todo eso y más. Poco más. O mucho.- ¿Y sigues sola?. Me pregunta haciéndose el sorprendido. ¿Todavía te resistes? Mientras usa la misma ejercitada sonrisa que hace dos años.
- Miro hacia un lado, compruebo las cortinas descorridas en un penúltimo piso y repaso mentalmente: Bueno, igual son ellos los que se resisten.


